Political Report # 1397
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En el contexto de la proclamada «cuarta transformación» de México, el discurso de Andrés Manuel López Obrador tiende a negar la existencia de la izquierda, ya sea como posición político-ideológica en abstracto o como encarnación en grupos y movimientos que ostenten cierto grado de autonomía y radicalidad. La disputa respecto del significado y el lugar de la izquierda está atravesada por la tensión entre distintas acepciones y contenidos, pero también entre lógicas políticas tendencialmente divergentes como son las de la hegemonía y la autonomía.
Transformadores versus conservadores
La ex-presidenta argentina Cristina Kirchner solía decir que a su izquierda solo estaba la pared. De forma análoga, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), desde el primer semestre de su mandato de gobierno, etiquetó como «conservadores» tanto a los sectores acomodados que llama burlonamente «fifís» como a los «radicales» de izquierda, refiriéndose, en particular, a un sector disidente del magisterio y a grupos opositores a megaproyectos. Es indudable que, a su derecha, existen y actúan políticamente clases y grupos históricamente dominantes que no aceptaron la invitación a sumarse a la llamada «cuarta transformación», así como sectores medios y altos que no comulgan con el obradorismo y que rechazan más su estilo plebeyo que su programa moderadamente reformista. Definirlos como «conservadores» es una manera de colocarse del lado de la Reforma y la Revolución, en mayúsculas, como referencias históricas (la segunda y la tercera transformaciones, según el conteo de AMLO), y de delimitar una práctica política que quiere modular, en función de las circunstancias y los interlocutores, el grado de profundidad del cambio. De cara a los conservadores de derecha, se perfila una definición del obradorismo por izquierda, una delimitación geométrica que se sustenta a partir de dos clivajes fundamentales de clásica raigambre antioligárquica: el nacionalismo y el justicialismo. Ambos posicionamientos, revitalizados por las luchas antineoliberales desde la década de 1990, se resuelven a partir del fortalecimiento del Estado como portador del interés general, capaz de intervenir en clave nacionalizadora y redistributiva. En esta definición histórica e ideológica por defecto, el no conservadurismo de AMLO se coloca entre el liberalismo reformista decimonónico y el nacionalismo revolucionario, rehuyendo sistemáticamente una ubicación a partir de la etiqueta de izquierda, así como otros sucedáneos como socialdemocracia, posneoliberalismo y, más aún, socialismo y anticapitalismo. Esta colocación aparentemente aséptica podría asimilarlo a la tradición del centrismo priísta, si no fuera porque se retroalimenta de un rasgo típicamente progresista latinoamericano al reivindicar explícitamente un perfil antineoliberal, aunque se limite a pregonar algo similar a lo que Néstor Kirchner llamaba un «capitalismo en serio», invitando a los empresarios honestos a sumarse al concierto nacional y popular, gesto que recuerda toda una tradición del México de la revolución institucionalizada.
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